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Sídney: La cosecha de los tibios - Un tiro en el pie III

Por Yair Filipiak – @sionista_uruguayo

La mañana de este domingo me desperté con ese golpe frío y certero en el estómago que solo anuncia una cosa: la historia, una vez más, nos ha alcanzado. El ring de WhatsApp ardía; no con chistes, sino con links y audios frenéticos. Entré a los medios, confirmé los hechos, y la pantalla se convirtió en un agujero negro que devoró el resto del día. Dieciséis muertos en Sídney, en Janucá, por obra de dos terroristas con ganas de “aportar a la causa”.

Y lo peor, más allá del dolor visceral por cada vida truncada, fue el eco hueco de la no-sorpresa. Ni la noticia, ni la forma, ni el lugar me tomaron desprevenido. ¿Un atentado en un país occidental, en una festividad judía, orquestado por fanáticos que se sienten legitimados por el clima político? Era el resultado lógico de la ecuación que vengo advirtiendo en mis escritos: la cobardía moral de Occidente, al premiar al terror con gestos diplomáticos, es el combustible que enciende la mecha.

Si hay una imagen que define la decadencia moral de Occidente, es la de un padre y un hijo abriendo fuego con rifles automáticos contra una multitud de judíos que celebraban Janucá. Y si hay un país que merecía la postal, ese era Australia, el antiguo refugio que, en un acto de suprema tibieza política, decidió regalarle un premio al fundamentalismo.

Bondi Beach, un nombre que suena a verano, surf y despreocupación turística, es ahora el sinónimo de la sangre derramada y de la promesa rota del Nunca Más. Dieciséis almas asesinadas (entre ellas menores y niños) porque cometieron el crimen de encender velas. Para el fanatismo, la luz de la fe judía es una provocación que merece ser extinguida. Esto no fue un “incidente aislado”. Fue la cosecha, tristemente abundante, de la tibieza intelectual y la cobardía política.

Un premio mal otorgado

El primer ministro australiano, Anthony Albanese, debe estar lidiando con una nueva forma de esquizofrenia política: querer cosechar paz sembrando premios al terror.

La tesis es sencilla y brutal: el pasado septiembre, Australia, junto con otros faros de la corrección política como Canadá, se unió al coro global que reconoció de forma unilateral el Estado palestino. El mensaje, según la lógica progresista, era “de escalar el conflicto”. El mensaje que recibió el extremista fue otro: “La violencia funciona. Occidente nos recompensa por la barbarie”.

¿Qué esperaban? ¿Que Hamás, que Hezbolá, que Irán, o cualquier célula durmiente inspirada en la yihad, interpretara ese reconocimiento como una invitación a la mesa de diálogo?

Albanese tomó una decisión diplomática con el pecho inflado, creyendo que estaba en el “lado correcto de la historia”. Pero la historia no es una clase de yoga; es una carnicería (esto no lo dice Bibini, pero casi). Y en la carnicería, cuando recompensás a quien promete tu destrucción, el castigo lo paga el inocente. El reconocimiento a Palestina fue la munición moral; el atentado de Janucá fue el disparo. Es una conexión causal tan directa que solo hace falta negarla para confirmar que uno está, definitivamente, del lado equivocado de la humanidad.

El horror de la herencia

Si algo vuelve al atentado de Sídney particularmente escalofriante, es la dupla asesina: padre e hijo.

El odio no es un defecto genético, pero se convierte en herencia familiar cuando la sociedad fracasa en condenarlo. Cuando un niño crece viendo a su padre justificar el terrorismo, cuando en la universidad le enseñan que el judío es el opresor colonialista global, y cuando el gobierno de su país lo premia con gestos diplomáticos… ¿qué queda? El joven aprende la lección: el odio no es un vicio; es un proyecto político familiar.

El padre, Sajid Akram, de 50 años, se llevó a su hijo, Naveed, de 24, a un parque frente al mar para asesinar a desconocidos. Esto es mucho más que terrorismo: es una ceremonia de iniciación. Una masacre familiar en Janucá. La antítesis del judaísmo, donde el legado se celebra con luz y conocimiento. Aquí, el legado fue con sangre y fusiles.

La moral y la sangre en las manos

La reacción de los líderes fue un manual de ética y otro de cobardía.

Desde Jerusalén, el primer ministro Benjamín Netanyahu, con la voz dura de quien lleva la cuenta de los ataúdes, no titubeó: “Envié al primer ministro Albanese de Australia una carta en la que le advertí que la política de su gobierno promovía y alentaba el antisemitismo en Australia. Su llamamiento a un Estado palestino echa gasolina al fuego antisemita”.

¿La respuesta de Albanese? Un llamado a la “unidad nacional” y un rechazo a las “declaraciones divisivas”. Es decir, cuando te enfrentás al fanatismo, la mejor estrategia es sacar el paraguas, pedir perdón y esperar que el fanático se calme solo.

La Asociación Judía de Australia (AJA) fue contundente y sin el eufemismo diplomático: “El silencio, la inacción y la demonización de Israel han creado un caldo de cultivo para el antisemitismo. La clase política australiana tiene la sangre de las víctimas en sus manos”.

No hay forma más clara de decirlo: el gobierno australiano tenía la información, fue advertido, tomó la decisión política de darle la espalda a Israel y, cuando el feedback llegó en forma de masacre, se vistió de víctima. Es un ejemplo perfecto de cómo el liderazgo débil no previene la violencia, sino que la subcontrata.

La destrucción de los refugios

Durante el Holocausto y las oleadas de pogromos, lugares como Australia, Canadá y Nueva Zelanda eran considerados los “botes salvavidas”. Remotos, estables y, sobre todo, seguros para los judíos.

Hoy, esos refugios están ardiendo. Las universidades se han convertido en seminarios de odio, las calles en escenarios de performances antisemitas, y ahora, los parques en medio de celebraciones religiosas son el blanco. La diáspora global se está quedando sin lugares donde el Nunca Más no suene a burla cruel. La destrucción del refugio es la factura más alta de la tibieza occidental.

El silencio uruguayo

El problema de la tibieza, como la gripe, es que es global.

Mientras el mundo civilizado, como por ejemplo Argentina (cuyo comunicado condenó el “atroz atentado terrorista” y la “cobarde agresión” a la comunidad judía), emitía declaraciones claras, ¿qué hacía mi querido Uruguay?

El comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores uruguayo (un texto que parece escrito en un Generador Automático de Indiferencia) condenó un “atentado”, dijo que murieron personas (no que fueron asesinadas) y, en un ejercicio de equilibrista olímpico, evitó mencionar la palabra “terrorista” o referirse a los “judíos”, limitándose a una mención final y ambigua al antisemitismo.

El Estado uruguayo, al igual que el australiano, juega a la neutralidad abstracta cuando se enfrenta al mal. Afortunadamente, los partidos tradicionales, como el Partido Nacional y el Partido Colorado, sí fueron contundentes. Pero a nivel de gobierno, el mensaje oficial es que, para evitar ofender al extremista, es mejor no llamar a las cosas por su nombre.

La luz que no se apaga

Y aquí llegamos a la gran ironía de Janucá. La festividad conmemora el milagro de la luz que no se extinguió en medio de la oscuridad. Es la historia de la resistencia judía a la asimilación y al intento de apagar su fe.

El padre y el hijo en Sídney querían apagar esa luz con 16 balas, pero no lo lograron. Por cada bala, la comunidad judía encenderá una vela más. Por cada intento de asesinato, habrá un libro, un artículo, un acto de fe más público.

En medio de la oscuridad y la miseria moral, siempre hay una luz humana que se niega a apagarse. Mientras la sociedad australiana se ahogaba en la vergüenza, emergió la figura de Ahmed al Ahmed, un hombre de fe musulmana que, al ver la masacre, no dudó en actuar. Ahmed forcejeó con el terrorista, arriesgó su propia vida y, aunque resultó herido, logró arrebatarle el arma, deteniendo la matanza y salvando, sin duda, más vidas.

La heroicidad de Ahmed es fundamental porque nos recuerda la verdadera línea de batalla: no es entre israelíes y palestinos, no es entre judíos y musulmanes, ni entre Occidente y Oriente. Es entre la decencia humana y la barbarie fanática. Ahmed al Ahmed es el contrapunto de la dupla terrorista de padre e hijo. Es la demostración de que la luz y el coraje pueden venir de cualquier fe, y que la única bandera que importa es la de la humanidad. El pueblo judío siempre ha creído que nuestra luz debe ser pública y debe aportar al bien de toda la humanidad; Ahmed demostró que esa luz puede ser protegida por un hombre justo, independientemente de la religión que profese.

El precio que pagamos por la cobardía de los líderes de Occidente es alto: se paga con sangre. Pero el mensaje final es para ellos, los tibios: pueden seguir entregando refugios y validando relatos de odio, pero el pueblo judío no se esconderá. La luz de Janucá, la luz de la verdad, es porfiada. No se extingue. Y seguirá brillando para recordarle a la humanidad que no importa cuántas balas disparen, al final, la luz siempre revela la basura que hay en la Aduana y la sangre que hay en la playa.

 

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