El precio que pagamos – Un tiro en el pie IV
Por Yair Filipiak – @sionista_uruguayo
Los vapores de la Aduana
La madrugada tiene esa manera cruel de decir la verdad antes de que el mundo se despierte lo suficiente como para mentirse. Y ahí estaba yo, caminando por la Aduana de Montevideo, con ese olor mezcla de humedad, puerto y resignación.
En mi cabeza sonaba Níquel, inevitable: “Los vapores de la Aduana, la basura ciudadana…”. Y vaya si había basura. No la orgánica, esa se recoge. La otra.
En un poste, revestido de luces navideñas que parpadeaban como compradas en un remate policial, un papel fresco gritaba con tinta militante: “NO AL TERRORISMO DE ESTADO. NO AL GENOCIDIO PALESTINO”. Firmado, aparentemente, por el mismo grupo político que hace campañas de tolerancia con globos multicolores cada cuatro años. Un ignorado perro aulló en la semipenumbra…
Caminé unos metros más. Las luces led, los Papá Noel inflables y los angelitos plásticos parecían observar todo con mirada de muñeco: redonda, vacía, indiferente. La ciudad oscilaba en un péndulo esquizofrénico entre el espíritu navideño y el antisemitismo disfrazado de causa humanitaria. El perro volvió a aullar, la respuesta siguió siendo la ignorancia.
Ahí, en ese contraste entre noche de paz y noche de odio, me di cuenta de la factura que estamos pagando. Porque mientras algunos creen que pegar una calcomanía los vuelve parte del “lado correcto de la historia”, esa misma historia está ocupada recordándonos que el extremismo jamás necesita invitación para golpear.
El autoodio, esa forma sofisticada y moderna del antisemitismo interno (y del antioccidentalismo), no es solo un problema psicológico. Es una deuda. Y la estamos pagando todos. Con intereses.
Pocos, pero ruidosos
Cuando uno ve panfletos acusando a Israel de “genocidio” bajo luces navideñas, concluye que cualquiera pega carteles. Pero algunos pegan consignas con un impacto que no les corresponde.
Aquí entran los “religiosos antisionistas”, ese grupo tan minoritario que si organizaran un bar mitzvá entrarían todos en un Renault Kangoo, pero cuya presencia mediática es tan desproporcionada que pareciera que representan a la mitad del judaísmo mundial. Es fascinante, en Israel, estos grupos representan menos del 1%, en la diáspora, incluso menos. Pero a Zohran Mamdani (alcalde electo de Nueva York) le encanta sacarse fotos con ellos.
Son los “no somos como esos otros judíos” del siglo XXI. Una versión teológica de los movimientos “Judíes por Palestina” pero con barba más larga, sombrero más grande y la convicción peligrosa de que Israel es una anomalía histórica que debería desaparecer… preferiblemente sin que ellos tengan que mudarse después. Porque la ironía es deliciosa: viven bajo la protección de un Estado que consideran ilegítimo, cobran sus subsidios y usan sus hospitales. Un Estado que, si desapareciera como desean, pasaría a manos de gente que no lee mucho a Spinoza, pero sí muchos manuales de cohetes.
Y los que no viven en Israel, podrán ir tranquilos, tendrían a donde escapar si Mamdani los echa de su nuevo califato.
Sin embargo, sus declaraciones se reproducen en los medios y grupos progresistas como si fuesen el oráculo de Delfos. Es el fenómeno del megáfono prestado: sirven como validación judía para el antisemitismo elegante. Ese que te explica: “No soy antisemita, mirá, acá hay judíos que piensan como yo”. Claro, y también hay veganos que comen pollo cuando nadie los mira.
Israel los protege, ellos militan contra Israel, el mundo aplaude. Y nosotros pagamos el precio. Un clásico.
Cuando el boomerang tiene dinamita
Hay decisiones que son un acto de fe, otras de estupidez, y finalmente están los “actos de fe en la estupidez”. La liberación de terroristas entra cómodamente en la tercera categoría.
Israel, para desesperación de quienes creen en el romanticismo de las “lecciones aprendidas”, ha liberado a cientos de terroristas a cambio de rehenes o ilusiones de tregua. Los datos no son debatibles: una proporción significativa volvió a matar. No a debatir, no a escribir poesía revolucionaria, no a hacer podcasts. Volvió – a – matar.
El caso testigo es Yahya Sinwar. Liberado en 2011 por Gilad Shalit, salió de prisión y salió vivo gracias a médicos israelíes que le extirparon un tumor cerebral. Se curó en un hospital del país que juró destruir. Y cumplió: rearmó Hamas, planificó la masacre del 7 de octubre, ordenó violaciones y decapitaciones. Israel le devolvió la vida; él devolvió el favor con un baño de sangre bíblico.
¿Lección? A veces, el monstruo no viene de afuera; a veces, lo soltás vos.
Pero este ciclo perverso no se limita a Oriente Medio. Occidente entero juega un juego similar, donde lo que se libera no son personas, sino relatos. Y los relatos pueden ser más explosivos que el TNT.
Mientras en Europa se discute si vetar a Israel en Eurovisión, terroristas islamistas aprovechan cada festividad para recordar que su proyecto político no tiene pausa navideña. Un terrorista atropellando familias en un mercado navideño en Berlín o Estrasburgo, no es un hecho aislado, este año ya podría haber pasado en Francia (Ver nota al final1): es parte del mismo ecosistema ideológico que odia a Israel, a los judíos y a todo lo que tenga luces, música pop o libertad individual.
Cada vez que un judío antisionista agita su banderita para “liberar Palestina”, libera legitimidad moral para quienes sueñan con destruirnos. El mismo fanatismo que odia a Israel también odia la Navidad, los derechos LGBTQI+, la libertad sexual y a cualquier mujer con opinión propia. Es el mismo monstruo, solo cambia de máscara según la ocasión.
La moral progresista: un tiro en el pie con crowdfunding
Si el primer artículo de esta serie hablaba de “un tiro en el pie”, esta sección trata del momento exacto en que te disparás usando una pistola que vos mismo financiaste.
Hablemos de los colectivos LGBTQ+ ondeando banderas de Palestina. No es la bandera en sí; es el contraste. Es como ver un unicornio abrazando un misil. Hay que ser muy creativo, o muy negador, para sostener que Hamás permitiría una marcha del orgullo. No solo no la permitirían: sus códigos penales establecen pena de muerte. Literalmente muerte. No cancelación en Twitter; grúas en plazas públicas.
El caso del feminismo es aún más doloroso. El movimiento que más ha luchado contra la violencia sexual hoy calla ante las violaciones masivas del 7 de octubre, confirmadas por informes forenses. En el progresismo global, esa información es ruido blanco, una contradicción incómoda.
Si no me creen, miren Montevideo. En la marcha del 8M, un grupo levantó un “cabezudo” con una estrella de David atravesada por una lanza. Un símbolo brutal de odio antijudío disfrazado de protesta feminista. ¿Hubo escándalo? Hubo silencio. El tipo de silencio que suena a complicidad.
La moral progresista contemporánea no protege a las víctimas; protege un relato. Si la víctima encaja en la plantilla ideológica, se la abraza. Si no (como las mujeres judías), se la ignora. Las ideas fijas son difíciles de soltar, especialmente cuando vienen con merchandising.
Lo más perturbador es que esta moral, que se cree valiente por enfrentarse a Israel, pero jamás protesta contra Irán o Siria, termina trabajando para los extremistas que odian todo lo que el progresismo dice defender: derechos de las mujeres, educación secular, democracia. La realidad tiene un nombre para eso: tontos útiles.
El ecosistema del odio
Llegados a este punto, uno podría pensar que los religiosos antisionistas, los progresistas de glitter y los firmantes de “No en nuestro nombre” viven en mundos separados. Pero no. Son piezas de un mismo rompecabezas que forma siempre la misma imagen: la cara satisfecha del antisemita.
El truco es simple: usar al ingenuo como legitimación. Los antisemitas no necesitan convencer al mundo; para eso tienen a judíos dispuestos a decirlo gratis. Esto les permite internacionalizar la causa y justificar ataques físicos contra la diáspora.
Es un sistema que funciona como un reloj:
- El antisionista universitario proporciona el tono moral.
- El religioso antisionista proporciona la representatividad simbólica.
- El progresista distraído proporciona la narrativa emocional.
- El extremista islámico proporciona el gatillo para asesinar.
Es una banda que nunca ensayó junta, pero toca afinada. Todos trabajan para fortalecer la maquinaria que quiere ver desaparecer al único Estado judío del mundo.
Impacto en la diáspora: la física del odio
Uno pensaría que una tormenta en el Mediterráneo solo moja a quién está ahí. Pero la física del odio es global. Las consecuencias no viajan en avión: viajan en narrativa.
Cada cohete de Hamás repercute en París, Nueva York o Buenos Aires. Cuando se rompe una tregua en Oriente Medio, se activa un ciclo global: marchas, memes, pintadas y amenazas. Los judíos de la diáspora, que jamás tomaron decisiones militares, terminan pagando la factura con más seguridad en sinagogas, guardias en jardines de infantes y acoso en universidades.
La fragmentación interna lo empeora. Cuando un judío firma un manifiesto acusando a Israel de genocidio, cree que produce un matiz filosófico. En realidad, está dando permiso simbólico a quien quiere agredir a su vecino. La desinformación permite que cada pintada tenga un argumento rápido: “Pero incluso judíos lo dicen”.
Sídney: El spoiler del fin del mundo
Mientras escribía estas líneas sobre cómo la retórica se transforma en violencia, la realidad decidió ahorrarnos la especulación y nos tiró 16 cadáveres sobre la mesa.
Lo que pasó este domingo en Bondi Beach no fue un “incidente”. Fue el final lógico de una ecuación que Occidente insiste en ignorar. En Sídney, bajo el sol australiano, lejos de Gaza y del Líbano, un padre y un hijo —la transmisión intergeneracional del odio en su máxima expresión— abrieron fuego contra familias que encendían velas de Janucá.
No es casualidad que esto ocurra en la misma Australia cuyo gobierno, encabezado por Anthony Albanese, decidió hace apenas tres meses reconocer unilateralmente al Estado palestino como un gesto de “paz”. Netanyahu fue quirúrgico al decir que “echaron nafta al fuego”, pero se quedó corto. No solo echaron nafta; también invitaron a los pirómanos a la fiesta.
Cuando un gobierno occidental le dice al mundo que el terrorismo y la barbarie del 7 de octubre pueden ser premiados con reconocimiento diplomático, el mensaje que recibe el fanático en Sídney, en Londres o en Montevideo es clarísimo: “Nuestro terrorismo funciona. Occidente nos tiene miedo y nos respeta”.
El ataque de Bondi Beach es la prueba definitiva de que no existen los “refugios”. Australia, Nueva Zelanda, Canadá… solían ser los botes salvavidas de la historia judía. Hoy son trampas mortales gestionadas por políticos tibios que creen que, si son lo suficientemente amables con el cocodrilo, este los comerá últimos.
Lo más aterrador no son los disparos, sino el silencio cómplice que los precedió. Esos dos terroristas no actuaron en el vacío. Se sintieron habilitados por meses de marchas donde se gritaba “Globalizar la Intifada” sin que la policía interviniera; se sintieron protegidos por un clima político que convirtió al sionismo en un insulto y al judío en un blanco legítimo.
Sídney no es una tragedia lejana. Es un espejo. Es el tráiler de la película que se va a estrenar en cualquier capital occidental que siga jugando a la ruleta rusa con el fundamentalismo. La factura llegó, y la pagaron 16 inocentes que cometieron el crimen imperdonable de querer traer luz al mundo.
¿Y mañana qué? Tres escenarios sin final Hollywood
Si seguimos por este camino, la historia, generosa en advertencias, pero tacaña en alumnos, nos presenta tres escenarios posibles.
Escenario 1: La diáspora como campo minado. Veremos un aumento sostenido de agresiones y aislamiento. Los judíos “pro-Palestina” descubrirán tarde que el antisemitismo no pide detalles biográficos ni revisa si tu keffiyeh es orgánica. Solo necesita saber que sos judío. Exactamente como el domingo en una playa australiana…
Escenario 2: Israel obligado a endurecerse. Si la presión internacional y la demonización continúan, Israel se verá empujado a un dilema: ceder seguridad o endurecerse más allá de lo políticamente confortable. La discusión sobre la pena de muerte para terroristas es un síntoma. Israel peleó la guerra más ética posible y fue condenado igual. Cuando tu existencia está en riesgo, la filosofía moral importa, pero la supervivencia importa más.
Escenario 3: El extremismo gana Occidente. Ya empezó. Partidos extremistas crecen, ciudades se polarizan y las instituciones cuidan más las emociones del agresor que la integridad del agredido. En este clima de cobardía institucional, el extremista florece. Y los judíos quedan atrapados en el medio: entre los que los cancelan, los que los entregan y los que los odian sin filtro.
Profecía del autoodio
Hay civilizaciones que caen por invasiones; la nuestra eligió una opción más sofisticada: el suicidio moral por autoodio.
Occidente decidió que ya no merece existir. Y cuando una civilización se convence de que es culpable por defecto, sus enemigos solo tienen que esperar. Me gustaría decir que exagero, pero la historia es especialista en ironías. Ninguna ciudad se convierte en una distopía de la noche a la mañana. Primero vienen los panfletos, luego los eslóganes que nadie entiende, luego la relativización del terrorismo y finalmente, cuando todo está podrido, las cabras pastando en la Quinta Avenida.
La distopía del cuento no era fantasía: era un aviso de hacia dónde va una sociedad que confunde compasión con debilidad y justicia con entrega al fanatismo ajeno.
Este artículo es un réquiem anunciado. Porque cuando el autoodio se instala, no queda nadie para defender lo que somos. Y cuando nadie defiende lo que somos, otros deciden lo que seremos: un lugar donde la libertad se raciona y el fanatismo ocupa el lugar que la razón abandonó.
No es profecía sobrenatural, es lógica histórica. Si Occidente sigue apostando al autoodio como brújula, el cierre ya está escrito: cuando la civilización se odia a sí misma, lo único que logra con éxito… es desaparecer.
[1] Posible atentado terrorista en un mercado navideño en Francia: https://la1ere.franceinfo.fr/guadeloupe/basse-terre/sainte-anne/le-conducteur-qui-a-fauche-19-personnes-a-sainte-anne-positif-au-cannabis-et-a-l-alcool-poursuivi-pour-blessures-routieres-1650359.html
