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Del lado correcto de la historia: Un tiro en el pie II

(o cómo algunos judíos hicieron del autoodio un deporte extremo)

Por Yair Filipiak – @sionista_uruguayo

Escuché en una entrevista radial a uno de los 154 correligionarios que firmaron la carta “No en nuestro nombre”, esa pieza de literatura moralista que pedía que Uruguay rompiera relaciones con Israel. Lo decía con la convicción de quien está a punto de recibir un diploma en ética aplicada: “Nosotros queremos estar del lado correcto de la historia”.

La frase cayó en el micrófono con la misma solemnidad que un mate lavado: pretenciosa, tibia y con restos de autoimportancia flotando arriba.

Mi amigo Emanuel Bibini —siempre preciso, siempre filoso— lo dijo mejor: “No podés estar del lado correcto de la historia porque todavía no se escribió”. Y, como rematarían Les Luthiers, algunos individuos definitivamente “razonaron fuera del recipiente”.

Pero el problema no es el ridículo intelectual. El problema es que ese “lado correcto de la historia” suele terminar, paradójicamente, en el lado correcto del antisemitismo.

Porque lo que este señor no sabía —y lo que la historia grita como el cuadro de Edvard Munch— es que cuando el odio viene, no consulta currículums. No pregunta si sos de izquierda, derecha, vegano, ateo, progresista, antisionista, fan de Galeano o socio vitalicio de B’nai B’rith.

A la hora de elegir víctimas, el antisemitismo es el sistema más inclusivo que existe. Y ahí empieza nuestro tema.

Autoodio, un viejo conocido con ropa nueva

El autoodio judío no es un invento del activismo 3.0. Ni siquiera del siglo XXI. Ya en 1930, Theodor Lessing —un filósofo alemán que sabía de tormentas antes de que Europa explotara— escribió Der jüdische Selbsthaß. No lo hizo para divertirnos: lo hizo porque veía un patrón preocupante entre intelectuales judíos que, en vez de pelear contra el antisemitismo, lo imitaban, como quien aprende a ladrar para llevarse bien con el perro.

Lessing fue profético. Noventa años después, Gustavo Perednik retoma el concepto con bisturí psicosocial y lo explica así: “El autoodio es el rechazo del judío hacia su propia identidad, manifestado mediante discursos que desprecian al judaísmo, al pueblo judío o a Israel.”

Traducido al lenguaje cotidiano: es cuando un judío cree que para no ser perseguido debe pensar, hablar y actuar como su perseguidor. Sigue siendo, diría mi madre, un negocio malísimo.

Les “judíes x Palestina”, la identidad se vuelve accesorio

Y entonces llegaron ellos: los movimientos “judíos por Palestina”, “no en mi nombre”, “no soy ese tipo de judío”, “soy crítico”, “soy decolonial”, “judío deconstruido”, etc.

La lista es larga:

  • Judíes x Palestina (Argentina): una ONG donde la estrella de David aparece menos que en la camiseta del Palestinos de Chile.
  • Jewish Voice for Peace (EE.UU.): que tiene tanta paz como carne tiene un asado vegano.
  • Na’amod (Reino Unido): jóvenes judíos británicos que luchan por “poner fin al apoyo comunitario al apartheid israelí”.
  • Jews for Justice for Palestinians: que suena a editorial de poesía slam.
  • Grupúsculos daneses: que existen solo porque en Escandinavia tienen demasiado tiempo libre.

Todos comparten un rasgo conmovedor: creen que su judaísmo les da una autoridad moral especial para desempolvar los viejos libelos contra Israel, pero ahora con estética de hashtag inclusivo. Y creen que así se salvarán del odio. Es casi tierno.

El caso uruguayo, la desconexión da la vuelta olímpica

Uruguay no podía quedarse afuera del festival. Los 154 firmantes de la carta “No en nuestro nombre” exigieron romper relaciones con Israel como quien exige que el mozo le retire el pan lactal porque es “ofensivo para su espiritualidad”.

La carta –escrita con tono de profeta vegano– acusa genocidio, colonialismo, apartheid, todas las palabras que hay que decir para sentirse noble en Twitter.

Lo que nunca explican es por qué —si quieren tanto a los palestinos— los movimientos terroristas como Hamas, Hezbolá, la Yihad Islámica o al Fatah jamás los aceptarían como ciudadanos plenos. Spoiler: no los aceptarían. De hecho, los asesinarían, muchos de los secuestrados y asesinados el 7 de octubre eran de los kibutz del sur, de izquierda, pacifistas y propalestinos.

Pero lo más interesante no es esto. Lo más interesante es lo que sucede realmente. Mientras ellos firmaban su manifiesto, la comunidad judía uruguaya marchaba contra el aumento real del antisemitismo en Uruguay: señales, pintadas, amenazas, hostigamiento, agresiones… y ni que hablar de los comentarios en las redes sociales.

Dos realidades paralelas: los judíos que viven el antisemitismo, y los judíos que lo niegan para no sentirse incómodos en sus círculos progresistas.

La historia no distingue etiquetas

Un ejemplo muy claro llegó el 15 de noviembre desde México. En una manifestación contra el gobierno de Claudia Sheinbaum —sí, esa Claudia que jamás agitó una bandera israelí en su vida— alguien pintó en letras gigantes: “Puta judía.” No “sionista”, no “pro-Israel”, no “colona”, no “presidente”, no “delincuente”, no “corrupta”. Judía.

Porque a la hora de odiar, al antisemita no le importa tu postura sobre Gaza, tu firma en Change.org ni tu artículo en estado de Whatsapp. Le importa lo que siempre le importó: tu apellido, tu nariz, tu circuncisión, tu abuela. Por eso el autoodio es un negocio tan malo: es como intentar apagar un incendio soplando más fuerte.

La psicosociología del autoodio: manual para no terminar bien

¿Por qué un judío decide ponerse en la vereda de quienes históricamente lo rechazaron? Hay varias hipótesis:

  1. Deseo de pertenecer: Quieren que la manada los apruebe. No soportan ser minoría dentro de una minoría.
  2. Moralismo performativo: ser más crítico que los críticos. Más justo que los justos. Más universal que la ONU.
  3. Desconexión identitaria: No saben rezar un Kadish, pero pueden citar a Foucault sin respirar.
  4. El síndrome de “yo no soy como los demás judíos”: Un clásico. “Yo soy distinto, yo soy progresista, yo no soy tribal, yo soy… universal.” Qué tonto creer que funciona.
  5. La falacia de autoridad: “Lo digo como judío”, como si un corte en el pene te hiciera experto en algo o te diera el derecho para hablar en representación de…
  6. El pacto imaginario: Creen que, si señalan muy fuerte al “mal judío”, ellos serán considerados “los buenos”.

Pero la historia tiene una respuesta simple para esto: Nunca funcionó. No funciona. No funcionará.

Cuando nos persiguen no piden explicaciones

Esto no es una metáfora, es un registro histórico, geográfico, transgeneracional. Cuando nos persiguieron:

  • en la Alemania nazi
  • en la Rusia zarista
  • en la España inquisitorial
  • en las persecuciones inglesas
  • en los pogroms de Europa del Este
  • en Siria, Yemen, Irak o Marruecos
  • en la URSS estalinista
  • en los atentados de AMIA y la Embajada
  • Todos los días: en la escuela, en la calle, en el trabajo, en las redes…

Nunca preguntaron: “¿Y vos sos sionista o antisionista?”; “¿Votaste a Netanyahu o a Meretz?”; “¿Firmaste alguna carta ‘no en mi nombre’?”; “¿Te identificás como judío decolonial?”. Nada, nunca importó.

El odio no distingue entre un judío que se odia y uno que se quiere, a ambos los pone en la misma fila.

El refugio que siempre está, aunque lo niegues

Paradójicamente —y esto les incomodaría muchísimo reconocerlo— si mañana hubiera una ola masiva de antisemitismo en Uruguay, Argentina, México, Londres o Dinamarca… el único lugar donde estos judíos “críticos”, “decoloniales”, “antiapartheid”, “postidentitarios”, “propalestinos”, tendrían garantizado su ingreso, protección y ciudadanía inmediata sería: Israel.

El país cuya destrucción simbólica reclaman, el Estado que desprecian, la identidad que dicen que “no los representa”. Lo que ellos llaman “colonialismo” es, en realidad, la única puerta que no se les cerraría. Ya pasó durante las dictaduras de América Latina, judíos de izquierda perseguidos por sus ideas, encontraron refugio en Israel (aunque ese puede haber sido otro tiro en el pie).

El autoodio es un tiro en el pie… con silenciador

Lo dije en el artículo anterior, y lo repito: Los judíos tenemos derecho a criticar a Israel. Faltaba más. Lo que no deberíamos tener derecho —si pretendemos honestidad ética— es a disfrazar de autocrítica lo que en realidad es: autodestrucción ritual.

El autoodio es un boomerang, lo lanzás para mostrar virtud moral, y vuelve directo a la cara. Cada carta, cada firma, cada proclama “no en nuestro nombre” no debilita a Israel, nos debilita a nosotros, a las comunidades de la diáspora, a la memoria colectiva, a la identidad que nuestros abuelos pagaron con sangre para mantener encendida.

Jugar al antisionismo radical siendo judío no es crítica, es una versión ideológica del suicidio asistido.

Y la historia, esa que todavía no se escribió, pero que ya gotea tinta, nos deja una advertencia: si no defendemos nuestra identidad, otros la van a definir por nosotros. Y rara vez lo hacen con cariño. Si me permitís un último consejo —ese que no querés ni pediste— aquí va: defendé tu identidad, defendé tu memoria, no delegues tu existencia a consignas de moda. Porque el odio no distingue intenciones. Solo exige víctimas. Y nosotros no fuimos invitados.

 

Referencias y Bibliografía

Para los que deseen profundizar en los conceptos históricos y sociológicos mencionados en este artículo, dejo aquí una selección breve —y no exhaustiva— de fuentes consultadas y bibliografía relevante:

Fuentes y análisis sobre autoodio judío

Movimientos y declaraciones públicas mencionados

Contexto contemporáneo sobre antisemitismo

Bibliografía general recomendada

  • Theodor Lessing, Der jüdische Selbsthaß (Amor-odio de los judíos).
  • Paul Johnson, La historia de los judíos.
  • Theodor Herzl, El Estado Judío.
  • Max I. Dimont, Jews, God and History.
  • Gustavo Perednik, ¿Por qué los judíos?
  • DAIA, Informe sobre Antisemitismo 2024.
  • The Holocaust History Project – Archivos documentales.
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