Cementerio profanado: una herida en La Paz
Por Yair Filipiak – @sionista_uruguayo – publicado originalmente para https://www.debate.com.uy
Foto: Caro Steinhorn
Una visita al silencio
Era viernes por la mañana. Un día frío, de esos en que el cielo de Canelones parece una sábana gris tendida sobre los campos. Fui a visitar a mi familia en el Cementerio Israelita de La Paz. Como siempre, llevaba conmigo la costumbre de dejar una piedra sobre sus lápidas, de recordar en silencio a mis abuelos, de agradecer a Di-s por su legado y la vida que nos regalaron en este país.
Ellos vinieron de lejos, escapando del holocausto nazi. Mi abuelo había huido de un campo de concentración, recogió a mi abuela embarazada de mi tía mayor y vinieron. Tengo en mi brazo izquierdo, en mi piel y en mi alma, el tatuaje N3V3R 4641N (“never again”) recordando su huida del horror. Uruguay fue refugio, fue promesa de paz y tierra fértil para hijos y nietos. Aquí trabajaron, pagaron impuestos, levantaron negocios con sus manos, ayudaron a construir la sociedad diversa y tolerante de la que tanto nos enorgullecemos.
Pero esa mañana el mármol no me habló en silencio. Me gritó. Con spray verde y rojo, sobre las paredes del cementerio, habían escrito “Palestina Libre”. Y debajo, la firma del Partido Comunista Uruguayo.
No hay pruebas de autoría directa, pero en semiótica se aplica un principio tan viejo como obvio: quien calla, otorga. Y el silencio de quienes permiten que su nombre aparezca junto a ese acto es más estridente que cualquier grafiti.
Mi abuelo, Henryk Neumark, descansa en La Paz
Mi abuela, Esther Teich, descansa en La Paz
El tatuaje que llevo en el brazo derecho para recordar su huida del terror.
El cementerio como espejo de la sociedad
Un cementerio no es un terreno baldío. Es el espejo moral de un país. Es el lugar donde descansan quienes nos precedieron, donde algunos llevan flores para agradecer, donde cada epitafio cuenta la historia de alguien que alguna vez cantó el himno, luchó, trabajó la tierra o educó a sus hijos.
Profanar un cementerio judío no es un gesto de “resistencia”: es una agresión a la memoria, a la identidad, al derecho básico a llorar a nuestros muertos en paz.
El odio pintado y sus símbolos reciclados
El grafiti “Palestina Libre” no es una pintada ingenua. Forma parte de un repertorio semiótico global. Durante siglos, el odio se transmitió con símbolos: la cruz esvástica, que fue símbolo milenario de buena fortuna en la India, se transformó en emblema del exterminio bajo Hitler.
Hoy, la bandera palestina cumple esa función: se exhibe en marchas, en pancartas, en redes sociales y ahora en un cementerio, como estandarte de un odio reciclado. Se nos dirá que es “símbolo de resistencia”, pero en este contexto es simplemente la marca registrada del antisemitismo contemporáneo.
La vexilología enseña que una bandera no es un simple paño de colores: es un condensado de narrativas. En 1930, la esvástica era apenas un diseño gráfico. En 1940, era la promesa de la “solución final”. En 2025, la bandera palestina, pintada en el mármol de nuestros muertos, no significa convivencia, sino negación del derecho judío a existir.
Un clima envenenado, aquí y en el mundo
Lo ocurrido en La Paz no es un hecho aislado. Es parte de una ola global de odio normalizado. El asesinato del joven activista norteamericano cristiano Charlie Kirk (31) el pasado 10 del corriente, acribillado mientras defendía a Israel en un campus universitario en Utah, es un recordatorio brutal de cómo el odio se ha normalizado en la esfera pública. Lo mismo ocurrió con la joven pareja asesinada en EE.UU., Yaron Lischinsky (30) y Sarah Lynn Milgrim (26) —no judíos, diplomático él, y a punto de casarse—, víctimas de un ataque en el que el asesino gritaba “Free Palestine”. Y no olvidemos que en Uruguay también sabemos de esto: en 2016, en Paysandú, David Fremd, comerciante judío, fue apuñalado por la espalda por un fanático que declaró actuar “en nombre de Alá”. Cuánto más peligro corremos hoy, con discursos de odio amplificados desde el 7 de octubre de 2023.
A todo esto, este mismo fin de semana, en Punta del Este, se organizó una “bicicleteada por Palestina”, con rollers, skates y banderas. El motivo declarado: que Punta es “bastión del judaísmo y del sionismo internacional”. El antisemitismo ya no se esconde: pedalea, patina y desfila con consignas recicladas. Con humor negro podríamos decir que al menos hace ejercicio. Pero lo cierto es que banaliza la violencia bajo la máscara de una actividad recreativa.
La coincidencia no es casual. Desde el 7 de octubre de 2023 —día en que Hamás perpetró la mayor masacre de judíos desde el holocausto—, los discursos de odio encontraron carta blanca en buena parte de la opinión pública internacional. Lo que antes era susurrado en sótanos oscuros, hoy se grita en avenidas, en aulas y en cementerios.
El peso del mármol
Al “amparo” del muro manchado de spray, descansan muchos de quienes llegaron a Uruguay escapando de las llamas de Europa. Algunos sobrevivieron al nazismo, otros huyeron antes. Pero todos eligieron este país para vivir y morir en paz.
El antisemitismo que manchó sus tumbas es el mismo que los persiguió en Europa. El mismo que los obligó a emigrar. El mismo que hoy, con colores diferentes, les grita desde las paredes que ni siquiera muertos los dejará tranquilos.
Ser judío, ser uruguayo y ser sionista no son identidades contradictorias. Juramos la bandera, cantamos el himno, gritamos los goles de la selección. Si mañana juegan Uruguay e Israel, la mayoría alentaremos por la celeste. Pero no podemos hacer como si nada cuando vemos pintado sobre las tumbas de nuestros abuelos un mensaje que niega nuestra existencia como pueblo.
La pregunta incómoda
El grafiti de La Paz no es un hecho menor. Es síntoma de un clima que mezcla odio global, impunidad local y narrativas que convierten la negación de un pueblo en eslogan de moda.
La paradoja es cruel: mis abuelos escaparon del nazismo para encontrar paz en Uruguay. Ahora descansan aquí, bajo tierra profanada. Si estuvieran vivos, ¿tendrían que volver a huir?
La respuesta a esa pregunta no depende del spray sobre un muro, sino de cómo respondamos como sociedad. Porque cada pintada tolerada, cada silencio cómplice y cada excusa retórica abren la puerta a un Uruguay más inseguro, más intolerante y menos digno de su historia como refugio de inmigrantes.
El muro manchado de Canelones no solo recuerda a nuestros muertos: nos obliga a mirar de frente el presente. Y a preguntarnos, sin ironías, si este país seguirá siendo un lugar seguro para que nuestros hijos y nietos vivan, trabajen, inviertan y canten con orgullo: “Orientales la Patria o la tumba, libertad o con gloria morir”.
¿Con gloria morir? Tal vez la pregunta que Uruguay debe hacerse hoy es: ¿con qué valores queremos vivir?
