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Lecciones del 7/10

Las leyes de la guerra

El historiador Victor Davis Hanson analiza las acciones israelíes y su fracaso en convertir victorias tácticas en logros estratégicos duraderos. Entre los factores en juego, el “groupthink”, a una evolución histórica que distorsiona la verdadera naturaleza de la guerra, y el temor a las críticas internacionales por parte de países occidentales.

Lo que hemos olvidado sobre la guerra

La aguda crítica de Ran Baratz a las represalias israelíes tras el 7 de octubre es una preocupación extendida fuera de Israel. Por qué, se pregunta, el ataque sorprendió a las FDI, por qué se escandalizaron de que fuera de naturaleza tan medieval y por qué tardaron tanto en llevar la guerra a Gaza.

Más concretamente, después del 7 de octubre, ¿por qué las Fuerzas de Defensa Israelíes no han podido hasta ahora de convertir sus brillantes victorias operativas y tácticas en resoluciones estratégicas favorables que llevaran a una victoria más o menos permanente y a una paz sostenida subsiguiente? Una respuesta sencilla es que ni la guerra ni el deseo de Israel de seguir debilitando a sus enemigos han concluido.

Por lo demás, los responsables de desconectar la victoria táctica de la estratégica, argumenta Baratz, no son las enérgicas y heroicas tropas israelíes en los campos de batalla. Más bien, culpa a la actual generación de analistas y estrategas militares y civiles. Arrastrados por las tendencias del momento, y amnésicos ante los desafíos y las vulnerabilidades históricamente únicos de un diminuto Israel rodeado de naciones que comprenden unos 500 millones de musulmanes, se convirtieron en cautivos irreflexivos de viejos clichés y nuevas ortodoxias, muchas de las cuales son resabios rancios de la Guerra Fría.

Ese pensamiento de “groupthink”, insiste además Baratz, ha impedido hasta ahora a las FDI, normalmente dispuestas a asumir riesgos, que logren derrotar por completo a sus vacilantes enemigos.

Una vez más, estas trabas no son exclusivas de Israel. Son incluso más endémicas en el Ejército estadounidense, como demuestran sus recientes desventuras en Afganistán, Irak, Libia y Siria. Baratz cita algunos síntomas familiares que explican por qué la tradición occidental de la batalla decisiva para lograr la rendición incondicional se ha autolimitado, a pesar de sus señas de identidad tradicionales de superioridad en potencia de fuego, tecnología, disciplina y organización. Las causas de esta confusión y, de hecho, a menudo malestar, son bien conocidas por los militares occidentales: la desviación de las fuerzas armadas para lograr agendas sociales internas, la preferencia por generales políticos y expertos en medios de comunicación frente a aquellos con distinguidos historiales de batalla, y la sustitución de las antiguas artes de matar al enemigo por la nueva tecnología. Sin embargo, tales apreciaciones erróneas pueden resultar especialmente fatales para las FDI dado el poder y el número de sus enemigos potenciales y el margen de error mucho menor de Israel.

En los cerca de 80 años transcurridos desde Hiroshima y Nagasaki, y unos años más tarde tras el fin del monopolio nuclear estadounidense, los estrategas asumieron que cualquier guerra convencional de envergadura en un lugar estratégicamente importante por definición tenía que limitarse a ser una “acción policial”, a menudo con un objetivo de “construcción nacional” y a la que se pondría fin mediante un “proceso de paz”.

Antiguos objetivos como la rendición incondicional, la ocupación, y los vencidos coaccionados a abrazar las condiciones del vencedor eran supuestamente ahora imposibles. Repetir un final de guerra similar al de la Segunda Guerra Mundial, aniquilador, en la era que va de la guerra de Corea a la primera guerra del Golfo, podría desencadenar la intervención de un patrón nuclear para salvar a su tambaleante cliente. Pronto quizá seguiría un bellum omnium contra omnes nuclear incontrolable similar al de 1914, con las armas de agosto.

Así que las naciones occidentales trataron informalmente de librar guerras limitadas incluso cuando el peligro de una escalada nuclear era remoto, mientras que las probabilidades de estancamiento o derrota aumentaban con ello.

Tras el final de la Guerra Fría, se consideró que la autocontención había contribuido de algún modo a la victoria sobre la Unión Soviética. Así, la guerra limitada tendría una vida renovada incluso después de la caída de la Unión Soviética, cuando Estados Unidos fuera el único militarmente preeminente.

También hubo presiones internas para mitigar el uso de la fuerza necesario para asegurar la rendición de un enemigo derrotado. Cuanto más crecían las sociedades occidentales capitalistas consensuales, más prósperas y con mayor bienestar, más descendían las tasas de fertilidad y más radicalmente igualitarias se volvían, más en la era de la posguerra fría los objetivos tradicionales de la guerra para derrotar, humillar y obtener concesiones de los vencidos se construían no sólo como antinaturales, sino como anacrónicos y precivilizatorios.

Así, los occidentales vivimos en una época en la que tenemos menos hijos (y por lo tanto no podemos imaginarnos perder a un hijo único), esperamos vivir hasta finales de los ochenta (y por lo tanto nos sentimos robados si algún acontecimiento ajeno nos priva de nuestro derecho de nacimiento del siglo XXI) y rara vez volvemos a ver la violencia antaño cotidiana de matar animales (y mucho menos de preparar su carne). Si existe una curiosidad innata por comprender la violencia de primera mano, saciamos nuestra sed vicariamente a través del cine, la televisión y los videojuegos.

En lugar de algo como Appomattox o Potsdam, tal vez se podría ganar a los enemigos mediante la propaganda, la construcción nacional o la reeducación en lugar de mediante una derrota humillante. La trayectoria final de este pensamiento fue que los talibanes victoriosos en 2021 heredaron 50.000 millones de dólares en sofisticadas armas estadounidenses abandonadas, mientras las tropas estadounidenses se largaban dejando atrás una nueva embajada estadounidense vacía de 1.000 millones de dólares, una base aérea defendible acondicionada con 300 millones de dólares, murales de George Floyd en las calles, una bandera del orgullo LGTB en la página web de la embajada y ondeando ocasionalmente en las bases estadounidenses, y un departamento de estudios de género en la universidad de Kabul.

El globalismo y sus comunicaciones mundiales instantáneas supuestamente también convencieron al público de que era casi preferible perder noblemente que ganar feamente, dado el instinto de identificación terapéutica con los desvalidos y los derrotados. Una vez que el diminuto Israel venció a sus numerosos agresores en 1947 y se convirtió en una potencia regional en 1967 y 1973, también los occidentales pasaron a considerarlo un matón y, en particular, un Estado “colono-colonialista” ilegítimo.

Millones de censores de todo el mundo, incluido el Tribunal Penal Internacional, juzgarán a los soldados occidentales desde las transmisiones en directo de sus televisores. En un mundo occidental en el que la mitad de nuestros jóvenes esperan ir a la universidad y ser educados por PhD, y no entrar en el ejército, el ethos operativo de esa mitad de la población es contextualizar a los que supuestamente están lo suficientemente equivocados como para atacar a los occidentales. Vimos precisamente eso en los campus de la élite estadounidense durante todo 2024, tras los atentados del 7 de octubre contra israelíes. Las protestas defendieron a Hamás, utilizaron la gimnasia retórica para explicar los bárbaros ataques contra los israelíes y trataron de presionar a los funcionarios electos para que cortaran la ayuda a Israel por “motivos humanitarios”.

En una época de escarnecedoras acusaciones de “imperialismo” y “colonialismo”, el propio uso de la fuerza militar en Occidente se convirtió en algo sospechoso. Pero mucho peor aún sería la admisión transparente de librar una guerra para aniquilar a una fuerza enemiga y despojar así a un belicoso oponente de su poder de resistencia, como única forma de excluir la necesidad de volver a librar la guerra o de descender a lo que en Estados Unidos llamamos ahora guerras “interminables” o “para siempre”.

Así, en las democracias occidentales posmodernas, surge un cierto utopismo del fin de la historia, en el que la guerra se considera anacrónica y el resultado de malentendidos y falta de comunicación, más que de una maldad innata o del deseo de obtener ventaja una vez que se ha perdido la disuasión percibida y el más fuerte puede imponerse al más débil.

Los métodos tácticos clásicos para lograr una resolución estratégica -ataques preventivos, operaciones ofensivas continuas y el uso de una fuerza constante, abrumadora y desproporcionada- se consideran cada vez más pasados de moda. Los ejércitos occidentales que se doblegan ante las preocupaciones civiles o internas sobre la desproporcionalidad, el elevado número de bajas entre el enemigo, la culpabilidad por golpear primero, la carnicería televisada o el “brinkmanship” nuclear buscan insidiosamente en su lugar formas de sutilizar las guerras.

¿Cómo intentó entonces esta generación de estrategas resistir la agresión y luchar contra adversarios con muchos menos límites autoimpuestos, ya fueran Estados-nación como Rusia, China, Irán y Corea del Norte, o terroristas como Hamás, Hezbolá, los Houthis y el Estado Islámico?

Al parecer, supusieron que la nueva revolución en los asuntos militares podría ofrecer soluciones. Sofisticados drones desde lo alto podrían localizar a los “responsables” de la agresión enemiga, matarlos quirúrgicamente y liberar así al pueblo de su influencia nihilista sin una guerra desordenada. La guerra cibernética podría paralizar las infraestructuras sin derramar sangre.

O quizá nuevas encarnaciones de la Línea Maginot, actualizadas con sofisticadas cámaras de vigilancia, dispositivos acústicos, radares y aviones no tripulados, y apoyadas por armas de inteligencia artificial y cibernéticas, podrían lograr la disuasión sin los viejos métodos de robustos ataques preventivos y ocupaciones periódicas.

Baratz articula o insinúa con bastante astucia una serie de problemas con ese pensamiento táctico. Los muros, para funcionar, tienen que tener al menos éxito a la hora de ralentizar o atrincherar al enemigo. Pero como escribió en una ocasión el general George S. Patton, el precio de esa pasividad a veces inculca una insidiosa falsa sensación de seguridad que puede resultar desquiciante para un ejército antaño preventivo.

Está claro que la valla de Gaza no era indominable. Antes del 7 de octubre quizá había contribuido más bien a difundir la letal sensación de que los gazatíes eran meros vecinos al otro lado de una valla deliberadamente discreta en lugar de obstinados enemigos existenciales que siempre interpretarían cualquier rastro de moderación o pasividad no como magnanimidad que debía ser correspondida sino como debilidad que debía ser explotada letalmente.

Los generales y los planificadores militares tampoco deberían convertirse en psicólogos que intentan pensar mejor que las propias poblaciones enemigas, como si sólo ellos supieran separar a los líderes radicales y belicosos de sus seguidores supuestamente amantes de la paz y, por tanto, coaccionados. En su lugar, la antigua idea de la fuerza abrumadora y el castigo colectivo recuerdan a civiles como los de Alemania en 1944 o Japón en 1945 las consecuencias reales de aplaudir triunfalmente a sus líderes cuando ganan para reclamar su casi inocencia cuando pierden.

Para que un Estado-nación sobreviva debe ser educado en que lo único peor que la guerra es la derrota o una permanente espada de Damocles enemiga pendiendo sobre su cabeza colectiva. Los ejércitos deben volver a la antigua confianza de que es mejor matar a más población de los agresores que haber perdido a algunos de los suyos. La desproporcionalidad, la asimetría y una marcada diferencia en la capacidad material y la moral conducen por sí solas a la resolución estratégica.

Así pues, tras los heroicos y costosos esfuerzos por decapitar a gran parte, aunque no a toda, la cúpula de Hamás y Hezbolá, y por destruir gran parte de la infraestructura terrorista de Gaza y Hezbolá, ¿por qué las fuerzas israelíes no pueden derrotar tácticamente a los enemigos, obligarles a “rendirse” y hacer que accedan a las exigencias israelíes de desarmarse, disolverse y desaparecer?

¿Fue la falta de conexión el temor de Israel de que si intentaba lograr una victoria estratégica completa, el nuevo eje de China, Rusia, Corea del Norte e Irán intervendría con amenazas existenciales para que cesara y desistiera… o de lo contrario?

¿Era el problema la preocupación, dentro y fuera del ejército, de que el mundo occidentalizado, especialmente Europa y Estados Unidos, considerara una barbarie ese uso ilimitado de la fuerza y reaccionara cortando la ayuda y las municiones, y cerrara sus puertas a los israelíes en general?

¿Era la vacilación atribuible al temor dentro del propio Israel de que se estuviera transformando en algo diferente, algo peor que la visión antaño humanitaria de los fundadores (que, hay que decirlo, estaban bastante dispuestos y eran capaces de buscar una resolución estratégica para sobrevivir)?

Teniendo en cuenta lo anterior, ¿qué habría hecho exactamente Ran Baratz para que las FDI, y sus supervisores, se aseguraran de que sus victorias tácticas se tradujeran en una resolución estratégica final?

Todos los enemigos terroristas actuales de Israel son suministrados y guiados por Irán. Después de enviar 500 proyectiles contra Israel y de que, en respuesta, Israel desmantelara las supuestamente formidables defensas aéreas iraníes, ¿qué habría seguido si Israel hubiera invertido una semana más en destruir la capacidad nuclear de Irán, con la amenaza de seguir adelante con sus bases militares y su sector energético? ¿Habría podido o querido Irán suministrar más a sus disminuidos apéndices terroristas?

¿Y si se hubiera entrado, desarmado, ocupado y purgado de terroristas de Hamás el 100% de Gaza, como ya se había hecho con gran parte de ella? ¿Habría acabado Israel por destruir a toda la cúpula de Hamás, desmantelado todo el laberinto subterráneo y enseñado a la población que Hamás ya no sería políticamente viable?

¿Habrían estado los países árabes vecinos llamados “moderados” más o menos dispuestos a aliarse con un Israel formidable e impredecible? Y Estados Unidos, incluso bajo la santurrona y sermoneadora administración Biden, ¿habría estado en privado más dispuesto a ayudar a los israelíes bajo tan vastas transformaciones geopolíticas?

¿Estarían los enclaves y naciones hostiles –ya sea en Egipto, Irak, Catar o Yemen– más o menos dispuestos a negociar con Israel en una era post-Hezbolá, post-Hamas e incluso post-Irán teocrático?

Creo que Baratz tiene razón no porque yo desee que la tenga, sino porque creo que comprende mejor la naturaleza humana que sus oponentes, en el sentido de que entiende que la revolución en los asuntos militares, el nuevo armamento, la inteligencia artificial, la ciberguerra, y las bombas y proyectiles inteligentes no han cambiado las reglas de la guerra, sino simplemente la velocidad y la letalidad de la misma.

Cuanto más sofisticados nos volvemos, más difícil resulta recordar que la guerra la libran colectivamente los seres humanos. La naturaleza humana permanece constante a través del tiempo y del espacio. Y, por tanto, sigue siendo predecible y sujeta a leyes universales que, si se comprenden, pueden mitigar la violencia de la guerra mediante la victoria estratégica.

Victor Davis Hanson para la revista Mosaic (enero de 2025)

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